| Por:
LUIS JAVIER CLARO PEÑARANDA Bogotá, Marzo de 2014. Correo:
jupiterclaro@gmail.com El
4 de diciembre de 1862, ya abriendo la tarde, los cascos de unos jinetes se afirmaron
en la tierra arenosa de la vereda de Patatoque, zona de playón, razón
de aquella violenta erosión que abrió cárcavas en las colinas
y pendientes de esa pintoresca región, que para esa época, ya afloraban
por doquier espectaculares columnas atestadas de capiteles, sobrepasando el follaje
copioso de los rampachos, arrayanes, caimitos, guarumos, encenillos, entre tantos
otros. Realidad forestal que engalanaba esos parajes en armonía con los
cultivos de pan coger y con todos aquellos semovientes que complementaban esa
perfecta y alucinante acuarela. Muy cerca de la vivienda de la familia anfitriona
se observaba una espesa barrera de árboles y de zarzas enredadas entre
los troncos y chamizos, posiblemente aprontados en algún momento, para
alimentar los fogones y hornillas de este y aquel hogar. Esa tarde fue especial.
El aire cruzaba llevando el aroma de las flores, acompasado con el trinar de las
mirlas y toches, y con el revolotear de una bandada singular de aves, como anunciando
que algo importante estaba por ocurrir. En ese presagio no podía faltar
el ladrido de los perros, que se resistían en aceptar la presencia de aquellos
extraños visitantes. Cada instante que trascurría en Patatoque,
vaticinaba algo. El aire que circulaba en el entorno se percibía fresco
y suave, como si pasase por un filtro de tierra recién mojada, que al mezclarse
con el aroma del café que se preparaba en la cocina del lado, aromatizaba
y elevaba ese ambiente fraterno que se requería para acompasar la decisión
que tomarían los locales y los visitantes, que décadas adelante
la providencia les otorgaría con gran figura el reconocimiento de fundadores.
En este bello escenario, los protagonistas mostraban sin rodeos el propósito
de dar los primeros pasos para establecer un nuevo poblamiento en ese lugar de
la provincia de Ocaña. Iniciativa que llega a su culmen, con la bendición
protocolaria de la capilla dedicada a San José, en el paraje de Llano Alto,
zona que para 1857, ya Doña María Claro de Sanguino había
construido la primera casa, "lugar autorizado por la jerarquía eclesiástica
para la construcción de la primera capilla". A la anterior evocación
se suma lo trascurrido en Patatoque, el 4 de diciembre de 1862, suceso que dio
motivo para que se elevara al unísono una plegaria, con la mirada dirigida
hacia lo profundo del firmamento, como acción alegórica por los
propósitos hechos realidad y por la tarea emprendida en aquel particular
día. Humanamente no podía faltar aquel singular suspiro de satisfacción
que surge al culminar una buena acción y al finalizar una jornada, luego
de esa travesía por una de las tantas estribaciones de la Cordillera Oriental,
cruzando el rio, peñas y cañadas, por aquel camino de Las Liscas,
ya marcado por los pasos de los campesinos, por las recuas de mulas, por los jinetes
y demás semovientes que transitaban por esos lugares, con mercancías
y productos agrícolas, como parte de un embrionario mercado entre la provincia
y sus jurisdicciones, que para el caso, se movía con alguna frecuencia
entre Ocaña y las circunscripciones de Aspasica y La Palma.
En
los años corridos entre 1862 y 1880, existe un mutismo histórico,
que ni siquiera asoma en que momento y que circunstancias determinaron el traslado
del naciente y efímero poblamiento iniciado por Doña María
Claro de Sanguino en 1862, en el lugar ya referenciado de Llano Alto. Pues para
lo concerniente se acerca la referencia consignada en el libro, "LA PLAYA
DE BELEN", de nuestro ilustre coterráneo Guido Antonio Pérez
Arévalo, quien cita la obra de don Justiniano J. Páez, "Noticias
Históricas de la Ciudad y Provincia de Ocaña", que revela,
"que en 1880 conoció tres o cuatro casas que apenas trataban de
formar una pequeña plaza con una capilla de techo y paja y de tosco aspecto".
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Este referente suscita que emerjan unos cuantos interrogantes relacionados con
su reubicación y lánguido crecimiento, que a estas alturas del siglo
veintiuno no es factible despejar. Mirada razonable, de una época atrapada
por esos pequeños mundos encarcelados en el oscurantismo y radicalismo
político y religioso, con una tradición rural confinada en la subsistencia,
y compensada con aquello de <Dios proveerá>. Sin embargo, se puede
afirmar sin titubeos, con una comunidad campesina intuida de compasión
y respeto, que han hecho viable la convivencia fraterna de esas comunidades sencillas
y nobles, que a pesar de las adversidades, era posible en esos tiempos moverse
en el honor familiar y en el valor de la palabra empeñada. Y seguramente
por aquello de la época y las distancias, estaban alejados de la fronda
retórica de los políticos, pero muy cerca de las homilías
pastorales, que daban consuelo y profunda querencia por la vida y la tierra.
En
1896 se asigna el primer cura párroco, el italiano Moisés Valentini,
quien fallece tres meses después de haber iniciado su magisterio. Evento
inaudito para una región caracterizada por un clima sinigual, siempre saludable
y lejos de epidemias que se puedan registrar. Cavilando un poco, se puede suponer
que el padrecito inicio su curato ya enfermo, con fiebres tropicales, consecuencia
de la picadora de insectos, muy propio del insalubre recorrido que debió
soportar desde su desembarco en las riveras del Atlántico, hasta llegar
a la región de Ocaña.
Es
muy factible que entre 1896 y 1910, año en que Aspasica es elevada a la
categoría de municipio, La Playa debió mejorar su poblamiento, con
el trazado de sus calles, la mejora de las condiciones locativas de la iglesia,
el establecimiento del cementerio y la apertura de una escuela para los niños
y niñas de aquella naciente comunidad. Contexto poblacional que seguramente
dio fundamento para que la cabecera administrativa del municipio de Aspasica,
fuera trasladada al corregimiento de La Playa en 1930.
No
se conocen antecedentes de quien o quienes orientaron y demarcaron la proporción
del parque y la simetría de las calles, que hoy, a pesar del tiempo, se
mantiene campante la armonía y unidad de las casas y fachadas. No se sabe
si fue un remedo de algún prototipo, o simplemente el resultado de la intuición
creativa de esos primeros pobladores, con aquel anhelo de mejorar su entorno y
el habitad de sus familias. También es muy probable, que pudiera marcar
en aquellos años la influencia cultural de la cercana localidad de Ocaña,
como también, los vientos de la modernidad que lánguidamente se
asomaba en la región.
En
1934, el joven dirigente playero, Carlos Daniel Luna Manzano, "consiguió
la aprobación de la Ordenanza No.16, de abril 10 de 1934, por la cual se
dio el nombre de La Playa de Belén al municipio". No es difícil
imaginar la reacción salida de nota de los aspasiqueros, ante la funesta
decisión, para ellos, de la Asamblea departamental, al perder la significación
política y administrativa de su terruño. No era para menos, pues
"Aspasica, dicen los cronistas, tuvo el carácter de españolización
de una aldea india, aproximadamente en 1580." Nada
más y nada menos que cuatro siglos de historia, y tan solo 24 años
de vida administrativa y jurídica como municipio. Quedaría pendiente
la tarea de rescatar y registrar, si a estos años es posible, los cuentos,
anécdotas, e historias de aquellos coterráneos que abrieron espacios
y gestaron futuro en las postrimerías del siglo XIX, hasta llegar a los
años cincuenta del siglo pasado, períodos desafortunados, en que
los hombres y las mujeres de las diversas regiones del país se empiezan
a identificar, más por la absurda segregación, que estuvo unida
a la crueldad desatada por las pasiones políticas y religiosas, que por
el proceso civilizador de la modernidad que ya traspasaba las fronteras territoriales
de todos los pueblos de América, por esos tiempos. | |